La primera de ellas es que nos impiden
constituirnos en propietarios de nuestras vidas y de nuestro tiempo, y evitan
que nos encerremos en nuestros proyectos, nuestros planes o nuestro juicio
personal. La auténtica cárcel que nos aprisiona y de la que debemos liberamos
somos nosotros mismos y nuestra pequeñez de corazón y de entendimiento. Cuanto
son los cielos más altos que la tierra, tanto están mis caminos por encima de
los vuestros, y por encima de los vuestros mis pensamientos 31 , dice la
Escritura. En la vida, lo peor que podría sucedemos es que todo fuera de
acuerdo con nuestros deseos: eso supondría el fin de todo crecimiento. Para ir
adentrándonos poco a poco en la sabiduría divina, que es infinitamente más
bella, más rica, más fecunda y más misericordiosa que la nuestra 38, es
necesario que nuestra sabiduría humana se tambalee: no para ser destruida, sino
elevada y purificada; para quedar prisionera de sus propios límites, porque
siempre se halla marcada por una parte de egoísmo y de orgullo, de faltas de fe
y de amor más o menos conscientes. Existe en nosotros mucha estrechez de
corazón y de miras que hay que eliminar para poder recibir progresivamente la
sabiduría divina y vivir una profunda renovación y un ensanchamiento de
nuestras mentalidades. Mientras que el pecado es estrechez, la santidad es
amplitud de espíritu y grandeza de alma. (J. Phillippe)
No hay comentarios:
Publicar un comentario